La sonrisa de África





Axiá, niña de la etnia hamer


Un viaje sólo deja huellas si paralelamente al desplazamiento temporal y geográfico, se produce también un movimiento hacia la geografía interior, hacia el corazón.

Hace más de un año que adentrándome a través de tortuosas pistas de tierra hacia el sur de Etiopía, hacia el Valle del Omo, me preguntaba qué estaba buscando allí. Sabía que no eran sólo los paisajes, ni la sensación de libertad que produce la contemplación de los animales en su medio natural, ni la dignidad de los seres humanos en su extrema pobreza... Ahora, frente a la pantalla del ordenador, al contemplar la sonrisa de Axiá, me doy cuenta de que es eso simplemente lo que andaba buscando: la sonrisa de los que no tienen nada más allá de sí mismos.

Axiá -así suena su nombre y así lo escribo aunque no tengo la menor idea de su grafía- era entonces una niña que encontré en el camping de Turmi, cerca de su poblado de la etnia hamer a la
que ella pertenecía. Me ofreció su sonrisa y yo le ofrecí naranjas, caramelos y bolígrafos, aunque ni siquiera sabía escribir su nombre.






La realidad de Axiá

Axiá, la pequeña hamer, no es sólo una niña.

Descalza, sube la pendiente de la pista que conduce a su poblado, regresa a casa con su tesoro: leña, una valiosa botella de plástico, y quizá algunos birr -billetes de la moneda local- que ha podido ganar dejándose fotografiar por los turistas del camping.

Y la carga es tan pesada que yo no hubiera podido hacerlo por ella.

Su gesto es serio como corresponde a una adulta que asume la responsabilidad de una tarea importante.

Axiá no sabe escribir su nombre pero sí sabe transportar su carga de leña. Axiá no ha tenido tiempo de ser niña, aprende ya lo que serán las tareas que habrá de realizar a lo largo de toda su vida.

¿Qué poema dedicaría Miguel Hernández a esta niña?